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domingo, 12 de junio de 2011

IA KUCK SENECK



           - ¡Ia Kuck seneck!

         Era lo único que decía. Lo habían capturado nuestros guerreros en las incursiones a las lejanas tierras del sur. Le tuvimos que proporcionar ropas de abrigo, no estaba acostumbrado al frío. La nieve le pareció algo asombroso, y cuando la estación oscura acentuó la duración de la noche, creímos que se nos moría de tristeza.

         Los guerreros el clan, me dijeron que en su país, el calor y la luz eran aún mayores que en la estación de los mares tranquilos. Yo era tan solo un niño pero conecté enseguida con él. Me lo asignaron para que cuidase de mí y me seguía a todas partes. Si nuestro pelo era dorado, su cabello y su piel eras negros como aquella piedra a la que llaman azabache. "Yo seré guerrero y haré muchos viajes", le decía y el me sonreía triste y señalaba hacia el mar diciéndome: Ia Kuck seneck.

         Siempre que podía, él miraba hacia el horizonte en el momento en que se ponía el sol, se sabía esclavo y tal vez los suyos se preguntaban por su suerte. Nunca nos creó problemas y le acabé tomando afecto. Le llamé Kuck, nunca aprendió nuestra lengua.

         Pasaron cinco estaciones oscuras, cuando empezó la estación de la luz perpetua, fui declarado guerrero y embarqué por primera vez, Kuck me acompañó, me era fiel y sé que me quería.

         Finalizado el tiempo de las incursiones, pasamos a plena luz del día bordeando unos parajes que me eran desconocidos, la luz hería mis ojos y el calor era sofocante. No le daría mayor importancia   si no fuera por que Kuck miró a la orilla. Me miró eufórico con una alegría inconcebible en él, me señaló aquella costa: Ia Kuck seneck, Ia Kuck seneck, Ia Kuck seneck, ¡¡¡Ia Kuck seneck!!!

         Me miró suplicante; al ser mi esclavo el resto de la tripulación no intervino y se mantuvo a la expectativa esperando mi reacción. Me di cuenta que yo podría estar en su lugar. Le señalé la borda "salta" y Kuck se desnudó y saltó. Lo vimos llegar sin novedad a la orilla. Tres hombres iguales a él surgieron de entre la vegetación y lo recibieron en la playa; pude distinguir cómo uno de ellos lo abrazaba. Kuck se volvió para mirar el barco, era el mismo que años atrás lo había llevado a mi país, supe que me decía adiós.

         Ese día cambió mi vida por completo. Tres simples palabras: "Ia Kuck seneck" me hicieron comprender que los hombres nunca podrán apropiarse enteramente de otros hombres, por lo que hice un juramento en mi interior, de que si alguna vez yo reinaba sobre las tierras del norte, nunca lucharía por esclavizar a los hombres sino para ganar su libertad.

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