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miércoles, 25 de mayo de 2011

LA HISTORIA ENTERRADA DE LA ALAMEDA DE VIGO

           Pasar por la Alameda de Vigo, para el que camina por el centro a diario, es algo repetido, de siempre. Allí,  uno se para, charla en las terrazas ante un café o se pasea distraídamente mientras repara en   los elevados árboles o en sus grandes (a veces vistosas) construcciones. Es cuando el observador se lleva una idea errónea de que el tiempo no pasó por allí y que todo fue siempre así. Si continúa caminando, el vigués anónimo aún tarda en llegar a un mar tapado por altos edificios y dos calles paralelas. Todo ello sin saber que donde están sus pies no era tierra firme sino mar, un mar que llegaba hasta  donde hoy está correos y que formaba parte del antiguo Arenal.


La Alameda en 1875

            Si entre el Vigo de hoy y el de 1900 hay diferencias,  imaginémonos el de 1859 en el que una muralla del siglo XVII la rodeaba con fines supuestamente defensivos. El lugar de nuestra historia no era el jardín presente sino una playa que con la bajamar dejaba un agua estancada que originaba problemas de salud por los malos olores que generaba. En consecuencia Vigo tenía dos problemas y como veremos la solución de uno resultaría la solución del otro.

            La muralla, construida en el siglo XVII durante el reinado de Felipe IV, además de ser inútil como defensa, impedía el crecimiento de una urbe en desarrollo. Podría ser mudo actor de hechos históricos de nuestra ciudad y hoy el tocarla sería impensable, pero esas veleidades no interesaban a los munícipes de entonces que lograron el permiso de Madrid para poner manos a la obra. En dos años fueron borrados del plano de Vigo partes de la muralla y partes de nuestra historia como fue el baluarte de la Pulga, las Puertas del Sol y la de la Gamboa (testigo de la Reconquista) y otros más. Ello generó más espacio abierto pero también muchos cascotes a los que se les encontraron pronta utilidad.

            Las antiguas piedras, ya cascajos, se utilizaron para ganar terreno al mar en ese arenal de aguas estancadas. Allí se depositaron como base de una futura tierra firme, luego vendrían encima la tierra; el jardín y los edificios después. Pasó el tiempo, es el presente. Cuando  paseamos, y gozamos de la Alameda pocos podríamos sospechar que bajo nuestros pies están lo que fueron otrora, tres siglos de nuestra historia local. Son piedras que no hablaban y que nunca podrán ya hablar. Pero así es la vida y así son las cosas.

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