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miércoles, 25 de mayo de 2011

EL CUARTO DE LOS JUGUETES

  
       El invierno empezaba a alcanzar su plenitud cuando Ástor bajó a la Tierra en aquella última semana del año. Retornaba a Villa Serena por enésima vez. Pero su vigilancia siempre resultaba baldía, los adultos no creían en él y todo aquello era una misión imposible para la magia de la que había sido investido. Cuando partía, le intentaron alentar sus compañeros "Esta vez será distinto, Ástor, ¡ya lo verás!". Agradeció los ánimos y fue sin muchas esperanzas de regresar victorioso. Al llegar  a su destino, esperó tras la chimenea del salón los acontecimientos que podría deparar la noche.

         La nostalgia avanzaba por el ánimo de todos, cuando llegaron a Villa Serena aquel día de invierno atardecido, en el que venían a celebrar un veinticuatro de Diciembre de hace dos mil años. Eran siete personas, hombres y mujeres de edad cercana a la madurez. Únicamente se veían esa vez al año desde hace mucho tiempo. Quien sabe. Finalizadas las etapas infantiles de sus vidas, el nido que les significaba Villa Serena fue poco a poco desalojado por los siete cuando una profesión o un prometedor porvenir llamado trabajo les fue enviando a sus destinos.

         La vieja casa solariega era el punto de unión para ellos. Los gritos infantiles ya no eran escuchados en la villa familiar rodeada de un jardín más propio de los cuentos de Grim por sus centenarios árboles de hoja caduca. Pese a ser siete y estar en edad adulta, ninguno había formado familia, alegando que no estaban los tiempos para ello. Hoy no era rentable tener niños, hoy era incómodo un hijo. Ninguno quería dar el primer paso, quizás se habían vuelto demasiado independientes o demasiado egoístas. La sala de los juguetes del segundo piso estaba vacía y mustia. Parecía el arpa de Gustavo Adolfo Becker en espera de la mano de nieve que sabe arrancarla. Los niños, los bautizos y las comuniones, ya eran desconocidos. En aras del confort y la seguridad se sacrificaba injustamente el futuro y el proceso natural de renovación.

         Villa Serena envejecía con sus moradores temporales. Las risas y alborotos de quienes empezaban la vida permanecían ocultos en el recuerdo más recóndito. Los siete comensales a la cena, ya no alborotaban en medio de las reprimendas de los padres y tíos y la mirada indulgente de los abuelos. Sus mayores hacía tiempo que se marcharon por las imperiosas leyes de la vida. Ahora eran muchos menos que antes en la cena servida por la incombustible Lola que cuidaba la casa desde antes de que ellos nacieran. Seguían siendo sus niños pero les reprochaba la falta de otros con los que estar contándoles aquellos viejos cuentos de chimenea con los que intentaba contener  sus travesuras.

         Se acercaban las doce. En el árbol de Navidad no había juguetes. Los regalos eran para adultos, pero había en la cena esa alegría obligatoria que imponía la nochebuena, aunque ya sabían hacía años que ningún rey, parecido al tío Damián, bajaría por la chimenea y que el rey Baltasar no era negro.  Oyeron las campanadas y se intercambiaron los regalos. Todos se abrazaban  y se felicitaban. En esto, el menor de ellos con treinta y tantos años encima carraspeó y les dio la noticia.

-         Tengo que deciros algo.

         Sus hermanos y Lola le miraron con curiosidad. Las noticias personales no abundaban.

         - Me caso en Marzo. Cuento con vosotros en mi boda.

         Si un hurón entrase en un gallinero no causaría tanta tensión. Sus miradas eran incrédulas y asombradas.

         - No me miréis así. Aún no estamos en el día de inocentes.

         - ¿Quien es ella? - Preguntaba uno.

         - ¿La conocemos?- Preguntaba otra.

         -Es una alumna mía de la facultad.  Vivo con ella desde Febrero pasado. Además, vamos a ser padres, el médico dice que vendrán mellizos y...

         No le dejaron terminar. El menor casi perdió la respiración ante el torrente de abrazos y besos que tuvo que soportar durante diez minutos que le parecieron horas.  Ahora no era alegría protocolaria, era un retornar al pasado. Se sentían niños.

         - Sobrinos. -Dijo uno de ellos

         Lola palmoteaba contenta. Nacía una esperanza de que aquella casa rejuveneciera  a la vida, joven vida, y la idea de que los viejos cuentos volverían a brotar, le daba nuevas energías para seguir luchando.

         - Mañana limpiaré de arriba a abajo el cuarto de los juguetes.- Dijo sin poder contenerse.

         - El cuarto de los juguetes.- Dijo la hermana mayor.

         Se leyeron el pensamiento y subieron entre bromas y chistes al cuarto  de los juguetes, escenario de tantas cosas. Al encender la luz el recuerdo hizo acto de presencia, y un impulso recóndito les empujó a utilizar la amplia sala. Se veían como los niños que fueron. Risas, gritos, ruidos de trenes, pelotas y carritos volvieron a aparecer en escena.  Se encontraban cansados pero felices. Los juguetes cobraron vida con fuerza, en desagravio de haber quedado tantos años "en el ángulo oscuro, de sus dueños tal vez olvidados".

         Sonaban las ocho de la mañana cuando recuperaron la consciencia de la verdadera edad que tenían. Pero nadie se arrepintió. Bajaron a desayunar riendo y aliviados. Ahora Villa Serena no les parecía tan triste y melancólica y las Navidades les eran realmente Navidades.


         Ástor contemplaba sonriente la escena desde su escondite. Sentía por primera vez, desde hacía mucho tiempo, un agradable cansancio emanado del uso continuado de sus poderes en el cuarto de los juguetes. Era la hora de regresar, pero pensó que tenía todavía algo que hacer. Mientras los hermanos desayunaban, notaron en su interior como el deseo de la hermandad prendía en ellos más fuerte que nunca. Aunque quisieran entenderlo no lo conseguirían, Ástor ya estaba a muchos kilómetros de distancia entonando canciones de victoria.

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