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domingo, 23 de octubre de 2011

LUIS FERNANDO DE BORBÓN: EL REY QUE FRANCIA NO TUVO


En la memoria colectiva, el siglo XVIII francés parece una sucesión casi mecánica de monarcas llamados Luis XIV, Luis XV y Luis XVI. Sin embargo, esa aparente continuidad oculta una figura decisiva que nunca llegó a reinar: Luis Fernando de Borbón. Hijo de rey y padre de reyes, su muerte prematura no solo alteró el orden sucesorio, sino que privó a Francia de un heredero cuya formación y carácter diferían profundamente de los de su hijo. Analizar su figura permite ir más allá de la genealogía para plantear una cuestión de fondo: si la monarquía francesa habría afrontado de otro modo la crisis que acabaría destruyéndola.

Nacido el 4 de septiembre de 1729 en Versalles, hijo de Luis XV y de María Leszczynska, su llegada aseguró la continuidad dinástica en un momento en que la sucesión no estaba completamente despejada, especialmente por las pretensiones de Felipe V. Como delfín de Francia, fue educado dentro del rígido ceremonial de la corte, pero también en un entorno marcado por tensiones morales y políticas que definirían su carácter.

Su vida personal estuvo atravesada por la lógica dinástica más que por la elección. A los quince años contrajo matrimonio con María Teresa de España, hija de Felipe V. La unión fue breve y trágica: su esposa murió tras dar a luz a una hija que también fallecería en la infancia. Sin margen para el duelo en una corte donde la continuidad era una obligación política, volvió a casarse en 1747 con María Josefa de Sajonia. De este segundo matrimonio nacieron ocho hijos, cinco de los cuales alcanzaron la edad adulta, incluidos tres futuros reyes de Francia. Más allá de la anécdota biográfica, estos datos reflejan una realidad estructural: incluso en la realeza, la mortalidad condicionaba de forma decisiva la estabilidad política.

A diferencia de su padre, el delfín cultivó una imagen de rigor moral y profunda religiosidad. Esta diferencia no era menor en el contexto de Versalles. Mientras Luis XV mantenía una corte marcada por las intrigas y las relaciones públicas con sus favoritas, entre ellas Madame de Pompadour, su hijo representaba una alternativa más austera y devota. Esta divergencia generó tensiones personales, pero también políticas, al encarnar dos modelos distintos de monarquía: uno más cortesano y pragmático, otro más rígido en lo moral y cercano a posiciones religiosas tradicionales.

El atentado de Robert-François Damiens en 1757 marcó un punto de inflexión. El delfín intentó aprovechar la crisis para apartar al rey de su entorno más criticado y devolverlo a una vida más acorde con los principios religiosos que él defendía. El intento fracasó, pero desde entonces su presencia en los asuntos de gobierno fue más visible, participando en el consejo real y posicionándose en cuestiones clave. Su oposición a la expulsión de los jesuitas en 1764, promovida por el ministro Étienne François de Choiseul, revela no solo su religiosidad, sino también su alineación con un modelo de monarquía más tradicional frente a las corrientes reformistas del momento.

Sin embargo, su posible papel como futuro monarca nunca llegó a ponerse a prueba. Enfermo de tuberculosis, su salud se deterioró rápidamente en sus últimos años. Murió el 20 de diciembre de 1765, con tan solo treinta y seis años. Su desaparición trasladó la condición de heredero a su hijo, el futuro Luis XVI, alterando de forma decisiva la línea de continuidad política de la monarquía francesa.

Ni siquiera la muerte le garantizó reposo. Durante la Revolución francesa, su tumba fue profanada y sus restos arrojados a una fosa común, en un gesto que simboliza la ruptura radical con el orden que él había representado. Años después, con la Restauración, su hijo Luis XVIII ordenó recuperar y reinhumar sus restos, en un intento de recomponer simbólicamente la continuidad dinástica destruida por la revolución.

La historia no se escribe con hipótesis, pero se entiende mejor cuando se identifican sus puntos de inflexión. La muerte prematura de Luis Fernando de Borbón eliminó una alternativa concreta en un momento crítico. Su hijo, Luis XVI, heredó la corona en un contexto que exigía una combinación excepcional de firmeza política y capacidad de adaptación, cualidades que han sido ampliamente debatidas por la historiografía. Sin caer en simplificaciones, es legítimo preguntarse si un monarca formado en los principios y el carácter del delfín habría gestionado de otro modo las tensiones acumuladas del Antiguo Régimen. Su ausencia no explica por sí sola el colapso de la monarquía, pero sí reduce el abanico de respuestas posibles. Y es precisamente en esas posibilidades perdidas donde la historia deja de ser un relato inevitable para convertirse en un campo de alternativas truncadas.



 

1 comentario:

  1. Estoy haciendo una pequeña investigacion sobre Luis XVI. Y para saber de quién heredó la personalidad suya,me metí a esta página. Del padre la heredó.

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