Fueron hueros términos que dejaron sus jirones a su paso. Pesadillas vacuas de mis yoes eternos de pesares rotos de cuando se marcaron las vidas permitidas. Fueron termas que enfriaron sus pasiones de errabundos honores.
Vanidad de vanidades de quien recuerda a su amigo ausente. Y sus rostros regresan en callados avisos que tornaron a sus recuerdos, a su memoria, a sus silencios. Devolvedme al amigo perdido a aquellos juegos pasados. Cuarenta años de recuerdos y de eternos descubrimientos. Solo quiero volver a rezarle y pedirle que me espere. Para coger otra vez mi pelota y retornar a nuestros juegos.
Durante mi infancia tuve en el colegio dos amigos cuya relación era especial. Uno de ello se llamaba Pepote. Problemas que tenía, en aquel entonces, me generaban inseguridades a la hora de jugar y de relacionarme que ellos disipaban. Cuando jugaban al fútbol conmigo, mis temores desaparecían, tales eran la confianza y seguridad que Javier y Pepote me lograban trasmitir. Pepote y Javier eran mis mejores amigos de colegio.
La última vez que vi a Pepote fue a principios del verano del 75 en la cola de un cine y se lo presenté a mi madre; me alegré mucho de verle. Dos semanas más tarde, con diez años, mi madre me llamó una noche, tras colgar el teléfono. Me comunicó que mi amigo Pepote había fallecido en un accidente de tráfico. A los dos días acudí a su entierro acompañado de mi padre. Fue el primer entierro que asistía y mi interior se rebelaba a aceptar que mi mejor amigo pudiera estar en aquel ataúd. No; para mi no podía estar muerto.
Lo que recuerdo de aquellas jornadas fue que lloré muchas noches de aquel verano. Ahora me doy cuenta de que algo se rompió dentro de mí con su marcha.
Durante todos estos años, cuando acudía al camposanto en día de difuntos, me acercaba a rezar ante su nicho. Era fácil de identificar porque en su placa un sencillo epitafio rezaba: Pepote no te olvidamos. Suscribí siempre esas palabras y pasé a mi adolescencia, juventud y madurez recordándolo.
Recientemente, el azar hizo que aparcase mi coche delante del cementerio, y cuando terminé mis gestiones entré para rezar a mis familiares que allí descansan. No me olvidé y me acerqué a visitar su tumba. Para mi desolación su lápida ya no estaba, había sido removida después de tantos años. No sabría describir lo que sentí.
Dicen que una persona muere realmente cuando ya no queda quien le recuerde. Y yo me niego a olvidarle, y también, siempre recuerdo a su madre (su padre ya había muerto y él era hijo único) la primera y única vez que la vi fue el día del entierro. No sé que ha sido de ella, medios para localizarla me sobran pero ¿qué le diría? ¿sería lícito remover viejos fantasmas después de casi cuarenta años? No, si las cenizas se remueven hay riesgo de que todo vuelva a arder. Es mejor dejarlo así.
Mi amigo Pepote fue una gran influencia en mi niñez, era ese amigo que eché en falta en mis años posteriores, pero allá donde esté, sé que seguiremos siendo amigos y que nunca dejaré de tener, para él, un cariñoso recuerdo.
Un fuerte abrazo Pepote de este niño que nunca te olvidó.
El eterno parque en que paseábamos, aquellos jardines que nos miraban. Desierto de nuestras manos, huérfanos de nuestras promesas rotas. Deseando que me ames, deseando que desees. Y unas nubes teclean nuestra música en la ciudad de las piedras que amaron. En la ciudad de la historia en aquel eterno parque en nos dijimos quiero.
Ciudad de las piedras donde tanto la quise. Ciudad de escondidos enigmas, que aparezca al doblar una esquina, devuélvela a aquel café de las cinco. Deseo su sonrisa en mi cara y sus te amos suspendidos en mi aire. Que le pueda decir lo que silencié que nada sea demasiado tarde.
Y el eterno parque se mece entre mis nostalgias mis recuerdos y mi vida presente. Ahora sé que está ahí, que se pudo esquivar sus futuros, y piso las hojas caídas; veo en cada rama del eterno parque testigo de nuestras manos y también de nuestras miradas. Mientras nada sea demasiado tarde.
Busco entre mis malezas
aquello que extravié
en mis tiempos
ocultos.
Mareas que tiraron sus adentros
en aguas turbias
de desesperación.
En que un Hades se reía
mientras me agarraba,
mientras me crujían sus adentros
y me decía basta.
Desaparecieron
los dorados de mi presente,
ni veo futuros de plata.
Me mantiene su regreso
y aquellas noches extrañas.
Creo verle
en cada esquina allá donde vaya,
donde los arrozales se secaron
y los lodos esperaron
su retorno.
Me persigue mientras la llamo,
mientras la espero.
Grito
su nombre a cada paso
y el túnel se me hace más largo;
ha dejado de existir
la luz de mi sonrisa.
Solo sé tormentos,
deseo arrancarme mis pasados
de acorralados errores.
Y sé que me vigila
porque sabe que espero sus llamadas
porque un Hades me agarra,
mientras me dice basta.
Vuela el espíritu libre sostenido por las oraciones. Regresa de sus viajes de vida. Nada llevó, con nada regresa. Y desembarca donde las mareas derrocharon sus altares donde se ninguneó el principio, donde se ensalzó los valles.
Me rodea mientras hablo, recordándome su cariño silencioso. Desvelando mis secretos, en eterno oleaje.
Y el espíritu reza entre mis manos, me dice que me quiere, me dice que le acompañe.
Caminando en lentos pasos, se dirigía a sus destinos. Caminando entre losas de fiero mármol, miró a todos en el aplauso. Ceremonias rutilantes que postraron su deshora. Fuera, los Teseos tiraron sus armas y los Hermes abandonaron. Y mira el pasado sin saber sus futuros, sin saber si su musitar abandonó el real, el eterno, el yo.
Viendo jardines que hoy le parecen malditos, le parecen cansinos, le parecen tristes. Aquel jardín que le recordó su mano, y su perenne abrazo. Y desea que vuelva a un nuevo pasado que comience en surcos llenos de lo que no supo al renunciar.
Regresa pasado, déjale que comience de nuevo. No hay multas deseando; ni postrando sus horas marginales. Llámala a tu encuentro y dile lo que ya sabe, conoce y desea.
Dicen que la mejor declaración de amor es la que nunca se hace y el mejor texto es el que jamás se escribe, porque las palabras sobran cuando el sentimiento es mas fuerte de lo que se pueda describir. Este vídeo es un ejemplo de ello. Aquí, el mundo interior se manifiesta sin la ayuda de las palabras porque "entonces las palabras no sirven son palabras".