Me bastó
leer tus palabras y conocerte,
como si compartiéramos
juntos mil años de vidas entrelazadas.
Descubrí
reflejos,
huellas que
se cruzaban con las mías,
líneas invisibles que unían
destinos lejanos en susurros.
Cuando tu poema acarició el aire,
supe que una playa nos aguardaba,
un refugio escondido
donde nuestras almas hallarían calma.
Y allí, entre el abrazo del viento,
se sellarían nuestros brazos,
y nuestros labios, como olas fundidas,
mutados en uno,
arrastrando
cien mil presentes
en el medio de la nada.