¡Dejadle que se vaya!
Grité.
¡Que nunca vuelva!
Ordené.
¡Volveré!
Dijo.
¡Y otra vez lo haré!
Amenazó.
No lo hará.
Pensé.
Esperé
a que volviera.
Jamás regresó
porque oyó mis palabras.
Desapareció.
Porque
entendió mis deseos
y obedeció mi orden.
¡Dejadle que se vaya!
Grité.
¡Que nunca vuelva!
Ordené.
¡Volveré!
Dijo.
¡Y otra vez lo haré!
Amenazó.
No lo hará.
Pensé.
Esperé
a que volviera.
Jamás regresó
porque oyó mis palabras.
Desapareció.
Porque
entendió mis deseos
y obedeció mi orden.
Duele.
Cuando pretenden
hacerte invisible.
Duele
cuando hagas lo que hagas
de nada sirve.
Duele.
La mezquindad de los tuyos
cuando necesitas su ayuda.
Duele,
de verdad duele;
la carga que te obligan a llevar
sin tú pedirla,
sin tú buscarla.
Seré o no poeta,
pero mis sentidos
estallan
en forma de un
callado dios menor.
Escribo poemas
porque nunca
renunciaré a
enamorarme,
a sentir,
a mirarte,
a querer.
Puede que nunca
me llames poeta.
Entonces
llámame hombre,
grítame alma,
clama sentidos
y borra mis lágrimas.
A la morita mora
de un dios valiente
puliendo sus joyas
entre quereres.
Con anillos de luna
entre veredas
una música suena
todos escuchan.
La morita mora
se entretiene
recordando historias
sintiendo ayeres.
Aunque digas
la palabra final,
serás
siempre mi gran amor.
Por muchas
dudas que pongas,
bastará tu sonrisa,
también tus ojos
para que seas
siempre mi gran amor.
Digas lo que digas
pienses lo que pienses
será suficiente
con darnos las manos
y mirarnos a los ojos
para que fluya sin frenos,
entre nosotros,
en el eterno
callejón del recuerdo,
la increíble
historia de
un gran amor.
Han terminado
quizás
demasiadas cosas.
Hoy en las nubes;
y de pronto
contra el suelo.
Pero sigues de pie
luchando,
lleno
de sangrantes heridas.
Hoy
toca mirar al vacío
impasible.
Porque hoy
han terminado
quizás
muchas cosas
rompiendo
demasiados futuros.