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domingo, 9 de octubre de 2011

EL MAESTRO Y LA VELA (Sobre la humildad)


 Mateo 23:12 Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado.

 Según cuentan, hubo un maestro en oriente al que uno de sus discípulos le preocupaba porque   quería destacar siempre, era un muchacho brillante pero se le notaba a leguas que quería la fama y la perseguía. 

Un día, el maestro lo citó a su cuarto en mitad de la noche. Era una de estas noches sin luna y prácticamente no se veía de lo apretada que era la oscuridad. El maestro hizo sentar al joven y le hizo guardar silencio. Apagó todas las luces y encendió una vela que situó en el centro de la estancia. Aquella vela iluminó con gran intensidad. El acólito se fijó que en la vela aparecían escritas las palabras FAMA y NOTORIEDAD. La vela daba una luz muy fuerte que iluminaba más de lo normal. Por efecto de la llama la vela se consumió enseguida y la oscuridad fue total. A tientas el maestro cogió una lampara y la encendió. A la luz, el discípulo vio que nada quedaba de la vela, tan solo restos ennegrecidos de cera.

Le dijo el maestro: Así es la fama, se consume a sí misma y cuanto mayor es, más efímera. Las llamas más modestas hacen que la vela dure más. Si la FAMA es grande eso es lo que queda en poco tiempo. La cera del olvido y la pena del olvidado.

Dicho esto le entregó una vela igual a la que había encendido. El discípulo comprendió. Desde entonces cultivó la modestia. Seguía siendo el alumno más brillante y el orgullo de su maestro pero desde la humildad.

Con el tiempo se ganó el respeto de todos y cuando su maestro murió le sucedió por unanimidad. Huía de toda pompa y reconocimientos. Los reyes y príncipes le consultaban y sus opiniones muy tenidas en cuenta. Pero nada le cambió y seguía siendo el mismo. Modestia, sencillez y mucha humildad

Una tarde, siendo ya muy anciano, se le apareció su viejo maestro. Le miraba sonriente y orgulloso, a la vez. Se le acercó y le señaló la vela que tenía a su lado y que jamás había prendido.

- Mi querido amigo, creo que ya va siendo hora que enciendas la vela.

Sus discípulos lo encontraron con una sonrisa en los labios y una gran sensación de paz. Sus enseñanzas fueron recogidas en escritos y difundidas durante generaciones. Su nombre era mencionado por todos. 

Y aquella  vela tan modesta   nunca jamás se derritió porque había pasado a la categoría de eterna.

Podremos ser brillantes en cualquier cosa que hagamos. Pero si buscamos el aplauso en cada cosa que hagamos y no por la satisfacción de su realización de nada sirve. Lo único que conseguiremos será acrecentar las insidias de los envidiosos.

Entonces nuestras obras acaban enterradas en el olvido y de nada servirá todo cuanto bueno podamos hacer. Sólo hay una fórmula que nuestras acciones perduren en el tiempo y ello es desde la humildad. No busquemos el aplauso y ni los honores. Huyamos de ellos y seamos humildes y serán ellos los que nos persigan.


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